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Teniente Hiroo Onoda

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Teniente Hiroo Onoda

Mensaje  Compañia el Mar 24 Abr - 5:30:15



Teniente Hiroo Onoda

Hiroo Onoda nació el 19 de marzo de 1922. Fue entrenado como oficial de inteligencia en la Escuela Nakano y el 17 de setiembre de 1944 fue enviado a la Isla Lubang ubicada a 75 millas al sudeste de Manila en las Filipinas.

Onoda llegó a Lubang y se incorporó a la Brigada Sugi el 26 de setiembre de 1944. Las órdenes de Onoda eran realizar una guerra de guerrillas, contra los estadounidenses, que estaban listos para invadir la isla, especialmente atacando el campo aéreo y los muelles del puerto, para evitar que fueran usados por el enemigo.

Antes de partir el Mayor Yoshima Tanigushi, jefe directo de Onoda, le dijo claramente: "Está prohibido terminantemente el suicidio. Puede tomar tres años, puede que sean cinco, pero pase lo que pase, regresaremos para buscarlos. Hasta entonces, mientras uno de los soldados permanezca vivo esta guarnición seguirá bajo su mando y operando. Pueden sobrevivir comiendo cocos, y si eso fuera necesario, vivirán comiendo cocos. Pero, bajo ninguna circunstancia se rendirán o se quitarán la vida voluntariamente."

El 28 de febrero de 1945, las fuerzas estadounidenses invadieron Lubang y arrasaron con las defensas japonesas. Los soldados de Onoda se dividieron en grupos y se internaron en la jungla. El grupo de Hiroo Onoda, de 23 años, estaba compuesto por otros tres soldados, el cabo Shoichi Shimada, de 31 años, casado; el soldado Kinshichi Kozuka, de 25 años; y el soldado Yuichi Akatsu de 23. En marzo, 41 japoneses se rindieron y los restantes lo hicieron el 14 de agosto de 1945, pero Onoda no se enteró de la Orden Imperial de deponer las armas. Los cuatro hombres sobrevivieron comiendo cocos, plátanos verdes y matando alguna res capturada de los rebaños de los campesinos.

Un día que estaban matando una de esas reses, encontraron un panfleto que decía: "La guerra ha terminado el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas!" Onoda y sus hombres leyeron y analizaron el panfleto y llegaron a la conclusión de que se trataba de un truco para capturarlos. Durante años encontraron otros panfletos, cartas, periódicos, fotografías e indicios para inducirlos a deponer las armas, pero siempre pensaron que se trataban de trucos para obligarlos a abandonar la lucha.

Onoda y sus hombres vivieron así durante años, atacando a policías y soldados filipinos o haciendo sabotajes. Los campesinos eran atacados también por los cuatro hombres, por ser considerados espías y colaboradores. En el transcurso de esas incursiones murieron un número creciente de personas por efectos de los ataques realizados por los cuatro soldados.

Onoda y sus hombres fueron entrenados para sobrevivir en la jungla, pero nada les enseño más que la experiencia de años de lucha clandestina en la jungla. Para remendar sus ropas hicieron agujas con alambres y algodón de plantas silvestres. Cepillaron sus dientes con las fibras de árboles de palma, planta de la cual extraían el aceite para engrasar las armas y cuyas hojas usaban como papel higiénico. Sabían cómo examinar las deposiciones para determinar si su dieta alimenticia era adecuada. Se alimentaban de plátanos, leche de coco y carne de res cuando podían robar una vaca. Cuando comían carne les daba fiebre y podían contrarrestarla bebiendo leche de cocos verdes. Con esa dieta se mantuvieron saludables. Para cubrir sus demás necesidades solían hacer incursiones en las aldeas de los campesinos procurándose lo que pudiera serles útil.

En setiembre de 1949, el soldado Akatsu decidió desertar al no soportar más el asedio. Sin decir nada un día desapareció dejando a los tres hombres, cosa que a Onoda no le extrañó porque no confiaba en él. En 1950 Onoda y sus hombres encontraron una nota de Akatsu en la que les decía que había sido encontrado por tropas filipinas amigas que lo habían acogido cuando abandonó la jungla. Para Onoda y sus hombres no les cabía ninguna duda que Akatsu había sido forzado a escribir esa nota y por tanto no debían creerle. Con mayor precaución continuaron sus patrullajes y ataques guerrilleros.

En 1952 un reportero que no pudo comunicarse con Onoda, dejó un periódico que los hombres encontraron poco después. Era el primer periódico que Onoda leía después de siete años. El diario tenía una nota sobre las acciones en Lubang y eso le hizo interpretarla como que la guerra continuaba.

En 1953, el cabo Shimada fue herido de bala en una pierna cuando se enfrentaron a unos campesinos. Onoda y Kozuka lo ayudaron y se internaron en la jungla llevando al herido. Sin ningún tipo de equipo médico se las arreglaron para curarlo pero la convalecencia duro varios meses. Debido a esa herida, Shimada se tornó apesadumbrado y excesivamente precavido. Al año siguiente, el 7 de mayo de 1954, Onoda y sus hombres se encontraron con una partida de búsqueda en la playa de Gontín. Comenzaron los disparos y Shimada se puso de pie apuntando el arma pero sin dispararla. Una bala le atravesó la frente. El cabo Shoichi Shimada, el único casado del grupo, murió cuando había cumplido los 40 años de edad. Onoda no entendió por qué Shimada no se cubrió y dejó que lo mataran de esa forma.

En mayo de 1959, llegó a la isla un grupo de búsqueda liderado por los hermanos de Onoda y Kozuka. Permanecieron durante 6 meses tratando de encontrarlos y convencerlos para que regresaran. En una oportunidad el hermano de Onoda comenzó a cantar usando un megáfono con la esperanza que su hermano reconociera su voz. Pero su voz se le quebró y el intento fracasó. Hiroo Onoda pensó que alguien trataba de suplantar a su hermano Toshio.

Diecinueve años después, el Subteniente Onoda y el soldado Kozuka continuaban sus ataques guerrilleros, convencidos aún que algún día regresarían las fuerzas japonesas para recuperar la isla. De vez en cuando robaban una res para procurar carne y eso hacía que los campesinos presionaran al ejército para que reanudara la búsqueda de los guerrilleros.

El 19 de octubre de 1972, Onoda y Kozuka se prepararon para incendiar pilas de arroz que los campesino habían cosechado, "para sabotear las líneas de abastecimientos del enemigo." Una patrulla de la policía filipina descubrió a los dos hombres y les disparó. El soldado Kozuka de 51 años resultó muerto en el combate, finalizando así 27 años de lucha clandestina. Onoda escapó internándose en la jungla.

La muerte del soldado Kozuka llegó a Japón y llegaron a la conclusión de que si Kozuka había sobrevivido tantos años, Onoda debía estar vivo, aunque había sido declarado oficialmente muerto hacían 13 años y como mandaba la ley, fue ascendido a Teniente. Fueron enviadas muchas patrullas de la policía filipina para rastrear y encontrar a Onoda pero todos los intentos resultaron vanos.

Ese año de 1972 una nueva partida de búsqueda llegó a la isla, esta vez les acompañaba su hermana Chie Onoda y su hermano Tadao Onoda. Esta vez Hiroo reconoció las voces de sus hermanos, pero sólo para convencerse que la recuperación de la isla por las fuerzas japonesas estaba cerca. Por tanto debía continuar con su misión.

Onoda logró permanecer oculto en la jungla durante otro año y medio, hasta su padre formó parte de un grupo de búsqueda que tampoco logró encontrarlo. Más tarde Onoda halló un poema escrito a mano por su anciano padre.

El 20 de febrero de 1974, Onoda encontró una red de mosquitero a la orilla de un río. Al trepar por la ribera se topó con el estudiante universitario japonés Norio Suzuki, que había logrado seguirle la pista. Suzuki les había dicho a sus amigos que se iba a Filipinas para buscar al Teniente Onoda, un anhelo que guardaba hacía mucho tiempo, así como el poder encontrar alguna vez un panda y al Hombre de las Nieves. Onoda estaba en un dilema porque no podía tomar prisioneros, pero después de una difícil comunicación inicial, Onoda confió en el joven y se hicieron amigos. Suzuki trató de convencerlo de que la guerra había terminado hacía mucho tiempo, pero Onoda estaba determinado a no rendirse a menos que se lo ordenara su superior el Mayor Tanigushi. Suzuki tomó fotografías de ambos y convenció a Onoda para reunirse en un lugar preestablecido dos semanas después.

Cuando el 7 de marzo de 1974, Onoda fue al lugar del encuentro, había una nota de Suzuki con las fotografías. Después de 29 años, Onoda se veía la cara por primera vez y se asombró por el parecido que se encontró con las caras de sus tíos. Suzuki había regresado en compañía del Mayor Tanigushi. Onoda y Suzuki acordaron encontrarse en ese lugar dos días después.

El 9 de marzo de 1974, Onoda se presentó al lugar de la cita con cierto recelo, esperando que podía ser una emboscada. Vestido con su uniforme, su espada y el fusil Arisaka, 500 cartuchos de municiones y varias granadas de mano se dispuso a presentarse a su superior. Esperaba que recibiría nuevas órdenes para continuar la lucha contra los estadounidenses. El Mayor Taniguchi, que hacía mucho tiempo era un civil y se había convertido en vendedor de libros, llevó consigo las ordenes del Emperador donde ordenaba deponer las armas y cesar las acciones de combate, leyéndolas en voz alta. Después de unos instantes de profunda tensión y ansiedad, Onoda abrió el cerrojo de su fusil, descargó el arma, se quitó la impedimenta y puso todo el equipo en el suelo. Luego se puso a llorar.

Esa noche Onoda no pudo dormir y se la pasó hablando hasta el alba, contando con lujo de detalles todo lo que había pasado durante esos 29 años. Algo que sorprendió fue que había llevado cuenta de los días, meses y años, calculándolos por las fases de la luna y sólo tuvo un atraso de seis días.

Onoda pasó 29 años combatiendo en la jungla hasta que el 10 de marzo de 1974, se rindió formalmente en la Base de Radares de Lubang, ante el Mayor General J. L. Rancudo de la Fuerza Aérea de Filipinas. Onoda le presentó al alto oficial su espada en señal de rendición y el Mayor General se la devolvió en señal de respeto. Al día siguiente, la ceremonia se repitió ante el Presidente Marcos quien, para asombro de Onoda, también le devolvió la espada. Durante las acciones guerrilleras, Onoda y sus hombres mataron a unas 30 personas e hirieron a un ciento más, pero el Presidente Marcos consideró que Onoda actuó con la firme convicción de que la guerra seguía y por tanto le perdonó por las muertes y el daño causado a los campesinos y pescadores.

Hiroo Onoda regresó a Japón y fue recibido como un héroe, pero se sintió muy incomodo al no poder adaptarse a la moderna vida japonesa totalmente occidentalizada. Recibió el pago por los años de servicios acumulados, pero la cantidad no era significativa para los años 70. Escribió sus memorias en el libro "No Surrender: My Thirty-Year War," y se mudó a Brasil donde, por lo que se sabe, sigue viviendo, o al menos estuvo visitando constantemente. En una visita a Lubang entregó US$10.000 como donativo para un albergue de niños.


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