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Sitio del Cuartel de Loyola [21 Julio 1936]

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Sitio del Cuartel de Loyola [21 Julio 1936]

Mensaje  Compañia el Sáb 23 Jun - 0:36:07


Cuando el 18 de julio de 1936 en San Sebastián se difundió la noticia de la sublevación militar del día anterior en el Marruecos Español, y en la cercana Navarra, los sindicatos de izquierda como la CNT y la UGT se decidieron a movilizar a sus afiliados, exigiendo al gobernador civil donostiarra la entrega de armas para sus grupos. Al conocerse el 19 de julio que la guarnición militar de la ciudad vasca de Vitoria se había unido a la sublevación, la exigencia de las organizaciones obreras se hizo imposible de ignorar, aunque la urgencia de enviar tropas leales contra Vitoria adquirió mayor importancia, en tanto los rebeldes implantaban su control sobre toda la provincia de Álava. No obstante, las fuerzas de la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, Cuerpo de Carabineros, y Migueletes (policía de la diputación de Guipúzcoa) manifestaron su lealtad al gobierno de la Segunda República Española.

Las noticias llegadas de otros puntos de España convencieron a las autoridades civiles de San Sebastian sobre el apremio de reunir una columna de tropas para unirlas a los voluntarios de la CNT y UGT que se disponían a partir hacia Vitoria, dirigidos por el comandante Augusto Pérez Garmendia, veraneante en la ciudad que se había puesto al servicio de las autoridades republicanas. El 20 de julio se organizó así la "columna de apoyo" formada por obreros de la CNT, guardias civiles y guardias de asalto, para que partiera a Vitoria esa misma tarde.

La guarnición militar de San Sebastián era formada por el 3° Regimiento de Artillería Pesada y el 3° Regimiento de Zapadores, estacionados en el Cuartel de Loyola, el principal edificio militar de la ciudad. Los dos principales jefes militares de la plaza eran favorables al alzamiento: el coronel León Carrasco Amilibia (jefe militar de la plaza) y el comandante José Vallespín (segundo del anterior), pero ambos dudaban aún sobre cuando empezar el alzamiento, además que el enfrentamiento personal entre ambos dificultaba la coordinación de la revuelta.

El 21 de julio, tras la partida de la primera columna para socorrer al bando republicano en el ataque a Vitoria, el comandante Vallespín era presionado desde Pamplona por el general Emilio Mola debido a su tardanza en empezar la revuelta. Vallespín, aún en pugna con el coronel Carrasco, dio orden de sacar las tropas del Cuartel de Loyola a las calles para tomar puntos estratégicos de San Sebastián y adherirla a los sublevados.


Comandante: José Vallespín

Tras breve lucha en la mañana del 21 de julio, las tropas sublevadas tomaron el control de los más importantes edificios de San Sebastián, mientras las autoridades republicanas y muchos líderes sindicales huían de inmediato a Éibar. La ausencia de la columna enviada a Vitoria, donde formaban numerosos guardias civiles y de asalto que se mantenían leales al gobierno de Madrid, facilitó la tarea de los sublevados.

El día 22 de julio el coronel Pérez Garmendia, que había llegado a la localidad de Éibar, supo de lo ocurrido en San Sebastián el día anterior, y de inmediato planificó la recuperación de la ciudad, dejando en Éibar una pequeña fracción de sus fuerzas y volviendo con la mayor parte a la capital donostiarra. Fue así sorpresivo para los sublevados cuando las columnas republicanas iniciaron su contraataque contra San Sebastián, apoyados por la Guardia Civil y la Guardia de Asalto, así como por el Cuerpo de Carabineros y los Migueletes. Tras fuertes combates, al anochecer de esa fecha los partidarios del bando nacional conservaban sólo el Cuartel de Loyola y el Hotel Maria Cristina, mientras las milicias republicanas y las fuerzas de seguridad habían logrado recapturar casi toda la ciudad. Numerosos reclutas de las fuerzas sublevadas estaban poco convencidos de participar en la lucha, más aún siendo muchos de ellos nativos de Euskadi que se negaban a luchar contra autoridades del PNV; la falta de entusiasmo y ardor combativo hizo que los jefes locales del alzamiento tuvieran gran dificultad en mantener la cohesión de su grupo y resistir a ultranza a las milicias republicanas.

Los rebeldes en el Hotel Maria Cristina se habían atrincherado ante el estupor de los veraneantes, que habían evacuado el edificio, y en el combate habían causado serias bajas entre las fuerzas leales al gobierno. Recién a las 13 horas del 23 de julio fueron finalmente vencidos los rebeldes atrincherados en el hotel y el edificio quedó ocupado por las fuerzas del bando republicano.

No obstante, la situación el el Cuartel de Loyola era muy diferente. Habían allí cerca de 1700 fusiles y ametralladoras, además de ocho obuses, los cuales permitirían a los sublevados prolongar la resistencia por tiempo casi indefinido. Por contra, las milicias republicanas de San Sebastián disponían apenas de 300 fusiles repartidos entre sus hombres, sin artillería ni ametralladoras, aunque se contaba con las fuerzas de Guardia Civil y de Guardia de Asalto, lo cual hacía riesgoso un ataque directo. No obstante ello, desde la mañana del 24 de julio las milicias republicanas empezaron el cerco del Cuartel.


Las autoridades republicanas confiaban en que, siendo la mayoría de los reclutas del Cuartel de Loyola jóvenes de origen vasco, la propaganda del PNV, leal a la República, podría convencerles de rechazar toda adhesión al alzamiento militar. Además, el arsenal del Cuartel de Loyola resultaba un poderoso incentivo para seguir en el cerco, visto que la posesión de las amras allí existentes daría segura ventaja a la milicia, sea anarquista o nacionalista vasca, que se apoderase del arsenal.

Si bien el 23 de julio la ciudad de San Sebastián ya había quedado completamente en poder de las tropas fieles a la República (mayormente obreros anarquistas armados y algunos afiliados del PNV), estas fuerzas resultaban mal armadas para lanzar un ataque serio contra el Cuartel de Loyola, un conjunto de instalaciones militares formado por barracas, arsenales, y edificios administrativos, con una guarnición mucho mejor armada que sus atacantes.

Aún así, las fuerzas anarquistas resultaban muy superiores en número a los sitiados e impusieron estrecho cerco al cuartel, aunque siempre con el riesgo que una salida de los sitiados les causara serias bajas. La llegada de los guardias civiles y de asalto que se unieron al cerco permitió aumentar la presión sobre los sublevados, que se mantuvieron en una resistencia débil, minada por las indecisiones del coronel Carrasco Amilibia sobre si proseguir con la revuelta o rendirse, mientras que el comandante Vallespín insistía en mantener el alzamiento contra la República.

Pese a la determinación de continuar la lucha por parte del jefe sublevado, comandante José Vallespín, la mayor parte de los reclutas parecía contrario a continuar en el bando nacional, advirtiendo la completa derrota del alzamiento en San Sebastián, la dificultad que las tropas rebeldes de Navarra puedan prestar apoyo alguno, (visto que dichas fuerzas aún deben luchar en Irún contra tropas republicanas) y la propia indecisión de sus oficiales superiores.

El comandante Vallespín logró huir del Cuartel de Loyola, que es entregado sin lucha a los republicanos en la mañana del 28 de julio por el coronel Carrasco Amilibia, quien no obstante es hecho prisionero por las milicias anarquistas junto con otros varios oficiales que en un primer momento se adhirieron a la revuelta. Pese a que su indecisión había sido el factor principal para el fracaso de la revuelta en San Sebastián, Carrasco fue asesinado sin haber tenido la posibilidad de declarar en juicio, apareciendo su cadáver el 29 de julio junto a las vías del ferrocarril, en el barrio de Amara.

No obstante los esfuerzos del gobierno civil, controlado por el nacionalismo vasco, de tomar control del valiosísimo arsenal del cuartel, las miclias anarquistas se les adelantan y obtienen la mayor parte del armamento del Cuartel de Loyola, manifestando así las primeras tensiones entre el PNV y los sindicatos de izquierda durante la guerra civil en Euskadi.


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